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Instituto INAE

Dra. Inmaculada Escamilla
psiquiatra infantil y directora de Instituto INAE

“Cuando atiendo a un niño, estoy dejando de atender al adulto en el que se convertirá”

Web
Medio de Prensa: La Razón
Sectores: Psiquiatra | Salud

Fecha de publicación

22/03/2026

Versión online o papel publicada por el medio en su página web o tirada nacional

Dra. Inmaculada Escamilla
psiquiatra infantil y directora de Instituto INAE

La psiquiatra infantil Inmaculada Escamilla explica por qué la detección precoz, el diagnóstico preciso y el tratamiento adecuado pueden cambiar una trayectoria vital.

En los últimos años, muchas familias viven con la sensación de que “algo no encaja” en el día a día de sus hijos: atención dispersa, impulsividad, irritabilidad, dificultades de aprendizaje, ansiedad o desbordes emocionales. Entre diagnósticos rápidos, etiquetas, miedo a la medicación y muchas dudas, hay una palabra decisiva: tiempo. ¿Qué ocurre cuando se detecta pronto? ¿Qué opciones hay? Hablamos con Inmaculada Escamilla, psiquiatra infantil y directora de INAE.

 

¿Por qué es tan importante detectar cuanto antes un problema de salud mental o del neurodesarrollo?

Frecuentemente, cuando alguien se entera de que me dedico a la psiquiatría infantil, comenta: “Qué duro debe de ser atender niños”. Y mi respuesta siempre es la misma: no, cuando atiendo a un niño, estoy dejando de atender al adulto en el que se convertirá, a ese por el que no podré hacer mucho, o poco más que tratar los síntomas. Estoy adelantándome al futuro, porque cuando evalúo a un niño con TDAH y un trastorno del estado de ánimo, no estoy tratando únicamente la impulsividad o la irritabilidad actuales, estoy interviniendo sobre lo que, en la adolescencia, puede convertirse en fracaso académico, conductas de riesgo, consumo de sustancias o trastornos afectivos más estructurados. Cuando veo dificultades de aprendizaje, no estoy abordando solo el rendimiento escolar, estoy protegiendo su autoconcepto, construyendo la seguridad en sí mismo, porque lo peor no es suspender, es crecer pensando que “no vales”. Cuando atiendo trastornos del neurodesarrollo más graves, estoy facilitando hitos fundamentales para su vida futura: comprender, comunicarse, vincularse, adquirir autonomía.

 

¿Qué señales suelen indicar que “no es una etapa” y conviene pedir una valoración?

Con demasiada frecuencia se utiliza la palabra “inmadurez” como si fuera una explicación suficiente. Como si la única intervención necesaria fuera esperar. Pero que un niño sea más inmaduro que sus iguales no significa que solo haya que dejar pasar el tiempo. Significa que alcanzará determinados hitos más tarde, que su rendimiento puede ser inferior si no se interviene, que comprenderá el entorno desde esquemas más infantiles y que su regulación emocional será más frágil. Debemos tener en cuenta, que la diferencia evolutiva no ocurre en el vacío, ocurre en un contexto social donde se compara y, a veces, se excluye. Cuando alguien dice “ya madurará”, conviene preguntarse: ¿cuándo? ¿Cuándo empiece a sentirse menos capaz? ¿Cuándo se quede solo en el patio? ¿Cuándo deje de ser invitado? La evaluación y consulta temprana con el especialista puede prevenir heridas identitarias. Cuando algo difiere de manera marcada respecto a sus iguales, empieza a dar problemas en casa, en el colegio o en el grupo social, conviene consultar.

 

Cuando se habla de medicación, ¿cómo se toma una decisión responsable?

A menudo olvidamos que cómo nos comportamos, sentimos, percibimos y nos emocionamos tiene siempre un correlato neurobiológico. Cuando aparecen desviaciones significativas respecto a lo esperable para la edad —por intensidad, frecuencia, duración o impacto funcional— estamos ante una alteración de ese correlato. Sus causas pueden ser múltiples: factores genéticos, alteraciones prenatales o perinatales, cambios neuroquímicos, diferencias estructurales o madurativas, exposición a tóxicos o infecciones, estrés crónico en etapas sensibles o la interacción entre biología y entorno. Identificar esa brecha y actuar sobre los factores implicados es una responsabilidad clínica. Lograr después una estabilización que permita aprovechar las terapias no farmacológicas marca el punto de inflexión hacia una nueva trayectoria evolutiva. Un niño que no puede sostener la atención difícilmente aprovechará una intervención pedagógica; un adolescente con desregulación afectiva intensa no podrá beneficiarse de la psicoterapia sin cierta estabilidad previa; y un menor en estado de activación constante no integrará herramientas cognitivas mientras permanezca en modo amenaza.

 

¿Qué cambia en el pronóstico cuando se interviene pronto y con un plan bien ajustado a cada caso?

El desarrollo cerebral en los primeros seis o siete años de vida es secuencial. Cuando intervenimos en esas etapas y logramos revertir la brecha funcional, facilitamos que los procesos madurativos posteriores se consoliden con mayor normalidad. Cuando estos niños llegan más tarde a consulta, rara vez presentan solo dificultades atencionales: con frecuencia arrastran también problemas de aprendizaje derivados de alteraciones en funciones que debían haber madurado antes. El aprendizaje no se sostiene solo sobre la atención, depende de funciones previas: regulación emocional, desarrollo motor, lenguaje, integración sensorial, espacial, viso-perceptiva, memoria de trabajo y funciones ejecutivas iniciales, entre otros; el pronóstico y la respuesta al tratamiento depende de la afectación de cada una de ellas. La buena noticia es que el cerebro conserva una gran plasticidad. Aunque esta es máxima hasta los siete años, se prolonga durante la adolescencia e incluso más allá; por eso, siempre es buen momento para consultar e intervenir. Aun así, cuando se habla de tratamiento en psiquiatría, muchas personas lo asocian erróneamente a deterioro, sedación o desconexión. En realidad, en niños y adolescentes el objetivo es modular, regular y favorecer un desarrollo cerebral cada vez más próximo a la normalidad. Los estudios a largo plazo han mostrado beneficios, y un fármaco nunca debería interferir en su vida diaria. La precisión diagnóstica, el control del entorno y el seguimiento especializado siguen siendo las claves del éxito.

 

www.instituto-inae.com

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“Cuando alguien dice ‘ya madurará’, conviene preguntarse: ¿cuándo? ¿Cuándo empiece a sentirse menos capaz? ¿Cuándo se quede solo en el patio? ¿Cuándo deje de ser invitado?”
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“Un niño que no puede sostener la atención difícilmente aprovechará una intervención pedagógica”

Sobre INAE

INAE nace como un centro especializado en neurociencias aplicadas a la educación, donde se trabaja de forma integral con niños, adolescentes y adultos en dificultades del neurodesarrollo y salud mental. A través de un enfoque clínico y multidisciplinar, el objetivo es comprender qué está pasando, orientar a la familia con claridad y diseñar un plan de intervención realista, coordinado y eficaz. En un contexto donde muchas familias llegan agotadas tras meses de dudas, INAE busca aportar diagnóstico riguroso, acompañamiento y herramientas concretas para mejorar la calidad de vida y el futuro del paciente.

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